
Miércoles, 9 de la noche. La Sala Galileo Galilei abría sus puertas a miradas con paraguas, preparadas para la lluvia de emociones que tendría lugar dentro de la sala de conciertos.
Las copas y las ganas lucían encima de la mesa junto a un puñado de kikos y galletitas saladas. El espectáculo estaba a punto de empezar.
Tres músicos, un acorde en re mayor y un micrófono a la espera del maestro de ceremonias inauguraron la velada. Víctor Lemes apareció vestido con una camiseta donde el lanzador de flores de Banksy nos hacía spoiler de lo que iba a ser el show. Con la guitarra en el cuello y una sonrisa tímida, empezó a arrojarnos los primeros pétalos.
«Mi mitad», canción que da nombre a su gira, fue el check- in de un viaje de 20 años condensado en 2 horas y media de vuelo. Con las comisuras de los labios como «escarpias» y el cinturón abrochado en «defensa propia», despegamos hacia un lugar donde «la metametáfora» es «el amor de tu vida», conde los aplausos se reproducen «en bucle» (en bucle, en bucle) y los sentimientos no son de «compraventa».
«Gracias a las pipas que me han dado tanto», recordé entre risas y cáscaras «la mirada del cocodrilo» de mis primeras (ex)periencias y la «canción de autoengaño» que ponía la banda sonora al cigarrillo de después. Aprendí que se puede besar con «mnemotecnia», que la «trapera» no se cubre con gorra sino que arropa el corazón, que el «trap alexitímico» es el nuevo desgénero musical de moda… Un «vademécum» de ilusiones que me hizo pensar: «Eres una ignorante».
Pero «me dejé la piel» con cada palabra, con cada rimo, con cada silencio… Y a mi alrededor el público fluía, reflejando la energía del escenario con un espejo de aumento. Víctor nos enseñó que «la puerta violata» es mejor atravesarla en buena compañía, por eso eligió a Rozalén, Yanely y Rubén como copilotos de este viaje con vistas al mar. Un viaje que nos hizo vibrar desde la primera nota hasta el «Análisis estructural de una canción comercial», melodía con la que aterrizamos.
Las puertas se abrieron y Víctor nos regaló su abrazo como equipaje de mano. Fleje sonrisas latían a la salida, acompañadas de discos y libros firmados. Ya nadie se acordaba del paraguas. ¿Para qué? En la sala Galileo Galilei había salido el sol, el fa en Canarias.
Helena López Algaba
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